Nos preocupamos porque nuestros hijos estén sanos, felices y se desarrollen bien. Lo mejor, para ellos: una buena educación, una buena alimentación, actividades extraescolares que desarrollen o potencien sus habilidades. Buenas notas, obedientes, que también crezcan en valores, que no sufran… Y, todo esto, ¿de quién es responsabilidad? Nuestra, claro.

Sin embargo, muchas veces llegamos a casa demasiado cansados del trabajo como para dedicarle la atención “que merece” el pequeño de la familia. Nos falta tiempo, fuerzas e incluso ganas, para darle todo aquello que nuestra imagen ideal de familia nos había exigido. Nos exigimos más de lo que podemos ofrecer y entonces viene la culpa y los nervios comienzan a salir a flor de piel por pequeñas menudeces, pese a que esa no era nuestra intención, y esto contribuye de manera decisiva al desgaste parental. Del mismo modo que es normal que nos sintamos desgastados por las exigencias de nuestro trabajo, lo es que nos sintamos así por nuestro “trabajo” como padres.

El desgaste parental es un término del que se empezó a hablar por primera vez en los años 80 y del que se sigue investigando hasta la actualidad debido a su gran latencia, ya que éste surge en todo tipo de familias, independientemente de la edad de los padres o de los hijos o incluso del nivel económico.

Este desgaste, que se refiere a la vida familiar y crianza de los hijos, se caracteriza por síntomas como sensación de agotamiento y vacío, desgana por ocuparse de los niños, desinterés por escucharlos, sentimiento de encontrarse alejado de ellos, pérdida de control de los nervios, así como reacciones exageradas, o por el contrario, indiferencia.

Y, una vez todo esto aparece, suceden otros problemas que amplían la cadena del desgaste. Algunos, menos visibles aparentemente, pero que pueden perjudicar aún más la situación sin darnos cuenta como problemas de pareja; o, poniéndonos en lo peor, aunque no por ello menos común, también puede favorecer la aparición de adicciones (al alcohol o al juego, por ejemplo) como vía de escape para desconectar de las situaciones críticas y relajarse; también pueden surgir daños en el sistema inmunitario ocasionado por el estrés crónico, o incluso ideas o pensamientos suicidas bajo los deseos de “dejarlo todo y desaparecer”.

Aunque probablemente todos nos hayamos sentido identificados, como padres, con algunos de esos síntomas en ocasiones, se sabe que cuando se confirman gran parte de esas manifestaciones puede barajarse la posibilidad de un síndrome de desgaste. E identificarlos es primordial para modificar una serie de rutinas y ponerle solución. Para ello, esto no debe ser un tema tabú, no debemos ocultarlo ni sentirnos mal, porque por ello no somos peores padres, sino que son consecuencias de altas auto-exigencias y además éstos son sentimientos pasajeros con solución. Aquí, la mayor parte del trabajo es psicológico, pues debe averiguarse cómo se ha llegado hasta este punto y qué tareas son las que resultan más desapetecibles.

Además, son sentimientos que, si detectamos a tiempo y ponemos remedio, podemos prevenir que vayan a más y den lugar a las consecuencias antes mencionadas. Podemos tratar de emplear bien el tiempo juntos, buscar actividades que nos diviertan a todos y éstas no necesariamente deben tener gran valor pedagógico. También podemos procurar no abarcar más de lo que nuestro tiempo nos permite, y adecuar las actividades extraescolares y horarios a nuestro ritmo de trabajo, entre otras.

Existen numerosos factores que tienen un papel relevante en estas situaciones, entre ellos, la calidad de la relación de la pareja, la forma de educar a los hijos o la personalidad de los padres. Por lo que un terapeuta familiar puede ayudar a reenfocar la situación. Así, no debemos perder la esperanza, pues cuando se supera, se vuelve a disfrutar de la alegría de ser padres.

Patricia Chaves Oliva