No hay duda de que en las últimas décadas la forma de criar a los hijos ha cambiado notablemente. No hay más que comparar la forma en la que abuelos y padres fueron educados para ver el gran contraste que existe con lo que podemos observar en la actualidad. Es normal, dado que los tiempos han cambiado, tanto la sociedad como la calidad de vida, que es mucho mayor de lo que era entonces. Sin embargo, en las nuevas generaciones se están presentando mayores dificultades a la hora de resolver los problemas de la vida cotidiana. En concreto, los niños de hoy en día exhiben una mayor sensibilidad a la frustración.
La frustración se define como la vivencia emocional que se experimenta ante una situación en la que un deseo, un proyecto, una ilusión o una necesidad no se satisface o se cumple. Cuando esto sucede pueden experimentarse determinadas emociones como ansiedad, angustia, enfado, tristeza o ira. Igualmente, al ser una experiencia personal no todas las personas se enfrentan y responden a ella del mismo modo, existiendo personas capaces de superar dicha situación desagradable y, otras, menos preparadas para afrontar la decepción que se siente cuando no se cumple lo que se esperaba.
Cuando se habla de tolerancia a la frustración, se hace referencia a la habilidad de afrontar y superar aquellas limitaciones que uno se encuentra en el día a día, por lo cual, se trata de una capacidad que se puede aprender y desarrollar.
Lo primero que se debe tener en cuenta es que la frustración no se puede eludir, dado que se trata de algo que se experimentará en diversos entornos a lo largo de la vida. Por ello, es necesario prestar atención de manera temprana a las respuestas que los niños emiten cuando se encuentran ante estas situaciones, para ayudarles a gestionar, entender y afrontar estas emociones de la forma más adecuada. Así, tanto los padres como los educadores, deben ayudarles a aceptar la realidad para evitar que experimenten elevados sentimientos de tristeza, miedo o enfado al no obtener aquello que desean. Así mismo hay que ayudarles a comprender que no siempre se consigue lo que se quiere y que el resto de personas tienen sus propios límites. Es por esto que, si a los hijos se les da todo lo que quieren no se favorecerá su desarrollo personal ni aprenderán a tolerar la frustración.
Es importante tener presente que el origen de la frustración se encuentra en la forma en que el niño afronte los diferentes conflictos. Además, se debe de aceptar y asimilar que ese «sufrimiento» es necesario para que aprendan a enfrentarse solos a las negativas que les plantee la vida adulta. De lo contrario, habrá más probabilidades de que experimenten en el futuro mayor ansiedad ante los problemas cotidianos que se encuentren, en comparación, con aquellos que sí han aprendido a gestionar los conflictos.
Hay ciertas características que suelen tener en común los niños que presentan una baja tolerancia a la frustración. Una vez detectadas, será más fácil para los padres implementar estrategias para que sus hijos puedan adquirir una mayor tolerancia. Entre dichas características se incluye la impulsividad, la cual conlleva a que los niños quieran resolver sus deseos en el mismo momento que lo reclaman, por lo tanto, si no se cede a su voluntad las consecuencias serán las rabietas o pataletas. Estos niños suelen ser exigentes y presentan una baja disposición a adaptarse a lo que otros demandan, si va en contra de sus intereses. Además, se caracterizan por la rigidez en sus pensamientos, es decir, o las cosas se hacen como ellos quieren o no hay discusión posible. Por otro lado, a determinadas edades el no entender o identificar aún sus propias emociones influye en que no sean capaces de controlarlas. Además, hay que tener en cuenta que todos los niños presentan un egocentrismo natural que unido a unos padres que les conceden todo lo que quieren, provoca que cuando éstos intenten establecer límites el niño no responda de la manera esperada.
En general, una serie de recomendaciones a seguir serían las siguientes:
Establecer unas normas de obligado cumplimiento, partiendo de una serie de objetivos realistas y razonables. Debe evitarse la permisividad, y decir ’’no’’ cuando sea necesario. Si el niño cayera en una pataleta, lo ideal sería no ceder ante lo que esté causando la rabieta, y, en su lugar, hablarle con un tono calmado y decirle que ya hablarán con él cuando se calme.
Otro aspecto importante es moldear la conducta del niño mediante la de sus padres y educadores, es difícil que los niños aprendan a controlar sus emociones si sus referentes no saben hacerlo, por lo que la paciencia es importante. Debe inculcarse la importancia de esforzarse para conseguir recompensas a largo plazo, y para ello hay que enseñarles que sólo siendo constantes y trabajando podrán obtener lo que tanto ansían.
De esta forma, se criarán niños mucho más adaptados y preparados para ser felices en la vida adulta.
Elisa María Martín Carrión.
María Cristina Ortiz Ruiz.
Eva Pérez Dotor.